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    Crítica: La reina de España

    La reina de España

    La españolada toca suelo

    crítica ⚪⚪⚫⚫⚫ de La reina de España (Fernando Trueba, España, 2016).

    Debía de tener yo ocho o nueve años cuando oí por primera vez el término «españolada». Hacía cola con mi madre para ver en el cine algún estreno, no habíamos decidido cuál, seguramente una de esas películas que ahora llaman «palomiteras» y entonces, cuando la lengua española aún se conformaba con ser eso mismo, una lengua más o menos permeable a la influencia exterior, «superproducciones» o —para más señas— «una peli con muchos efectos especiales». No recuerdo qué títulos había en cartel ese día, pero sí que uno de ellos era de factura española. Para mí el cine español, conviene admitirlo ya desde la perspectiva de mi yo infantil, era un género-volante-no-identificado al que había que mirar con no poco recelo, pues si algo ha caracterizado siempre al cinéfilo medio de esta geografía es la sospecha automática no tanto del extranjero a mil o dos mil kilómetros, que también, sino del vecino Juan a tiro de piedra. Podría decirse que la razón decisiva para no ver aquella película, más que un argumento, fue una sentencia a muerte. «Ésa me han dicho que es una españolada», oímos decir a un hombre como recién salido de la cola del cine de Annie Hall mientras señalaba el cartel, también muy ibérico, en la marquesina. No le hizo falta al tipo ni referirse a la Guerra Civil: en verdad se trataba de una comedia sin más pretensión que la menos fácil en cine: hacer reír a los espectadores. Pero, ah, era una españolada. El mayor de los pecados. Peor aún este detalle que parecer o ser, en efecto, una mala película, ya que el término arriba referido tiene además una connotación político-inquisitiva que trasciende la semántica cinematográfica; la derivación que emparenta cualquier título español sospechoso de serlo, sea cual fuere su aporte narrativo y su forma, con la categórica producción de, pongamos, Mariano Ozores. O con el vitriolo playero de Alfredo Landa. O con la gesta infinita de Paco Martínez Soria. Cine español, si bien «de barrio», con gente española comportándose como españoles. Precisamente lo que aspiró a concebir —salvando la distancia entre autores y filmografías— Fernando Trueba en La niña de tus ojos y lo que ambiciona mostrar hoy en su ya tardío corolario, La reina de España. Es decir, una manera de vernos reflejados en la hipérbole de «lo español» y su fecunda tradición (tragi)cómica.

    Lo apuntó, y por cierto sin adjetivos, Rafael Azcona en una entrevista con Luis Alegre. Hay saturación de películas americanas (estadounidenses, se entiende) en las que nunca aparece nadie comiendo. Es fácil no sentirse concernido —vino a decir Azcona— por unas historias en las que los personajes, bien solos o en grupo, jamás se sientan a comer. Todo lo más a beber, como auténticos rednecks de Kentucky, cantidades industriales de cerveza y bourbon. Y sin embargo: pocas cosas más humanas que el hecho de comer, aplazando por unos minutos las inquietudes de la vida. ¿O no? Aquel día, en parte por culpa de un indocumentado con carné de crítico de cine, yo me divertí con una americanada en la que ningún personaje aparece comiendo porque («ya sabemos que comen: se deduce»; «tal vez no sea relevante para la narración», dirán no sin lógica ustedes) todos están muy ocupados haciendo estallar coches y edificios y monstruos e incluso ciudades enteras, en tanto hilvanan frases presumiblemente ingeniosas con visos de ser grabadas en mármol, si no en la mente granítica de ciertos espectadores que reducen, como por un automatismo, la experiencia audiovisual a su condición primitiva: la evasión sin invocación ulterior a lo que sugiere toda una cinematografía con sus desvíos históricos, sus nombres señeros o no, sus recetas fallidas y sus actuaciones memorables, y en definitiva los usos y costumbres que dan forma a la representación —a veces sólo entrevista de perfil— de un país en un momento determinado. Sin duda Trueba ha sabido desmontar, con mayor o menor solvencia, a lo largo de su filmografía el concepto mismo de españolada, al que refería entonces y refiere aún hoy, quizá no explícitamente, con sorna el grupo de actores formado por Neus Asensi, Antonio Resines, Penélope Cruz, Loles León, Rosa María Sardá, Jorge Sanz, Jesús Bonilla, Santiago Segura y (sí, era imprescindible citarlos a todos) los recién llegados Ana Belén, Javier Cámara y Chino Darín. En pantalla un jefe de eléctricos que se presume mero catalizador del interés romántico, por cuanto Macarena parece sucumbir a su atractivo físico, y que más tarde deviene rebelde con causa. Retorna Blas Fontiveros (Resines) a España como una aparición, vacilante y con la gorra retorcida entre las manos, tras su internamiento —dice— en el campo de concentración de Mauthausen y luego de estar dando tumbos aquí y allá, aceptando cualquier trabajo que le proporcionara una excusa para seguir desaparecido, o sea lejos de Madrid. El final de La niña de tus ojos lo dejó suspendido en el tiempo, por así decir. Y no es ésta una metáfora sin más. Atrás quedó el rijoso Fontiveros observando a sus amigos alejarse camino del aeropuerto para tomar el avión que debía llevarlos de vuelta a España. El ruso, el judío contorsionista, había matado a Goebbels. La grúa nos elevó y Blas se veía cada vez más solo, más huérfano, en la infame noche de Berlín.

    La reina de España

    «Poco a poco gana músculo una historia que por momentos oscila entre la tristeza del gris ceniza de una posguerra interminable y un humor garbancero a veces sintomático de la autocomplacencia que atenaza un filme que pocos echaban de menos, y al que recibimos sonrientes sólo cuando Trueba desiste de recitarnos su cinéfilo sanedrín».


    Ya en Madrid, acude a los estudios de cine donde ha de rodarse una coproducción hispanoamericana en la que participan sus viejos amigos, con Macarena —convertida en una estrella de fama mundial casi a la altura de Rita Hayworth o Ava Gardner— en el papel de Isabel la Católica. La troupe sobrevive. La autarquía, también. Nada cambia en principio el sustrato dramático de unos personajes a los que, durante no pocos minutos, Fernando Trueba dedica una atención casi torticera; de ahí, quizá, la sobreabundancia de abrazos y una cierta inestabilidad narrativa que embarra los diálogos y malogra, en un primer acercamiento, el preterido cruce del seglar director con la comedia grotesca que tan bien y con tanta sabiduría codificaron, trascendiendo su elevado carácter nacional, Azcona (coguionista de la cinta originaria) y Luis García Berlanga. Poco a poco gana músculo una historia que por momentos oscila entre la tristeza del gris ceniza de una posguerra interminable y un humor garbancero (nótese aquí la españolada del galán español siendo acosado por su homólogo americano, si bien gay) a veces sintomático de la autocomplacencia que atenaza un filme que pocos echaban de menos, y al que recibimos sonrientes sólo cuando Trueba desiste de recitarnos su cinéfilo sanedrín, que incluye a un más que prescindible trasunto de John Ford cuyo rostro aparece en pantalla cada tres minutos para abrir los ojillos y volverlos a cerrar; y abrirlos nuevamente cuando toca sentarse a la mesa a... ¿qué? Pues adivinen. Exacto. A comer. Justo cuando uno de los escasos personajes redondos de la película, el que interpreta Rosa María Sardá (no crean que su heterónimo responde a lo que la preceptiva de guión nombra «personaje plano»), dice sotto voce aunque exaltada por el vino tinto: «En esta España todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario». Pienso ahora en cuál sería la manera, si no audaz, al menos expeditiva de retratar en el medio que nos acontece la España de los primeros años cincuenta sin levantar las suspicacias cainitas. Y es imposible encontrar una fórmula. El cine español reciente, no obstante, ha brindado una película a la que conviene volver cada cierto tiempo, acaso para evocar la naturaleza alegórica del cine efectivamente ambicioso que aspira a romper el muro desde dentro. Se titula Balada triste de trompeta y en su estómago, como en La reina de España, late una pregunta que ni siquiera la ficción es capaz de responder. Con todo, es seguro que esta última cinta no aporta nada diferente en ningún orden, más allá de un bonito homenaje al maestro Emilio Ruiz del Río y un par de —falsos— hallazgos que escocerán a los biempensantes: 1) el resurgimiento del prohombre al que ya vimos en el cortometraje Bikini: Una historia real y 2) el Gran Chiste, de país tristón, sublimado a pedo de vaca. | ⚪⚪⚫⚫⚫ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    España, 2016. Título original: «La reina de España». Director: Fernando Trueba. Guion: Fernando Trueba. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Zbigniew Preisner. Productora: Fernando Trueba P.C. / Atresmedia Cine. Reparto: Penélope Cruz, Antonio Resines, Mandy Patinkin, Neus Asensi, Ana Belén, Javier Cámara, Chino Darín, Loles León, Arturo Ripstein, Jorge Sanz, Rosa María Sardá, Santiago Segura, Cary Elwes, Clive Revill, Carlos Areces, Aida Folch, Jesús Bonilla, Ramón Barea, Anabel Alonso, Juan Antonio Bayona. PÓSTER OFICIAL de LA REINA DE ESPAÑA.

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