Down by Earth
Crítica ★★★★ de Song to Song (Terrence Malick, Estados Unidos, 2017).
Estados Unidos, 2017. Título original: Song to Song. Director: Terrence Malick. Guion: Terrence Malick. Duración: 129 minutos. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Varios Artistas. Productora: FilmNation Entertainment / Buckeye Pictures. Edición: Rehman Nizar Ali, Hank Corwin y Keith Fraase. Diseño de vestuario: Jacqueline West. Diseño de producción: Jack Fisk. Intérpretes: Michael Fassbender, Ryan Gosling, Rooney Mara, Natalie Portman, Cate Blanchett, Christian Bale, Haley Bennett, Val Kilmer, Benicio Del Toro, Boyd Holbrook, Trevante Rhodes, Clifton Collins Jr., Angela Bettis, Bérénice Marlohe, Florence Welch, Holly Hunter, Iggy Pop, Flea, Lykke Li, Patti Smith, Austin Amelio. Presentación oficial: Festival de cine South by Southwest, 2017.
Walther von der Vogelweide, en uno de sus largos
Tagelied, se recreaba mostrando una visión idealizada del amor, un amor puro y reconfortante que se desvanecía con la llegada del día. El
minnesänger austríaco pretendió que ese momento, en el que se rompe la magia romántica, fuera asignado a la parte onírica de su composición, para redimir, ya en la última estrofa, el sentimiento de pérdida en favor de un desenlace optimista. Samuel Beckett retomaría la idea del poeta medieval en su “Da Tagte Es” y, en sólo cuatro versos, daría la vuelta al sentido de su mensaje, optando por subrayar la parte del desencanto, la conmoción dolorosa que suponía tener la noción, por unos segundos, de haberlo perdido todo, de ver cómo la esencia de nuestra vida se evapora con la llegada de un día inmisericorde. Eso es precisamente lo que hace Terrence Malick en su nueva película,
Song to Song, en la que aísla una parte decepcionante y onírica de una obra escrita mucho más extensa: la propia vida, y se recrea en la percepción introspectiva y en la asimilación de ese dolor. Los personajes construidos por el director estadounidense se debaten en una lucha constante entre el sufrimiento interior y el fingimiento exterior. Habitan en ese mundo de devaneos que construye y da sentido a lo que conocemos como la experiencia ontológica. En líneas generales, el cine ontológico no presta tanta atención a las acciones e interacciones de los protagonistas como a su estado de ánimo o a su capacidad de canalizar el torrente de sentimientos cruzados que desestabilizan su existencia. Malick trata de conectar al espectador con su ficción por medio de la conmoción; hacer que surjan en él las reacciones de asombro, rechazo, afinidad o exasperación que los personajes son incapaces de evidenciar. Para ello, el filme planteará una serie de preguntas inconclusas cuya intención nunca será ilustrarnos respecto a una fórmula exacta que nos capacite para afrontar la vida con éxito y felicidad, sino hacernos meditar al respecto de ciertas acciones sobre las que, por norma general, no nos detenemos a reflexionar.
Así, del mismo modo que podemos sostener la teoría propuesta por Julio Cabrera en,
Cine: 100 años de filosofía, en la que se afirmaba que la inmensa mayoría de los filmes se basan en cuestiones ónticas —referidas a entes—: los estados de ánimo de personas desconocidas, motivados por cuestiones de reconocimiento social, amorosas o materiales; existen muy pocas películas que podamos clasificar dentro del término ontológico, donde esa preocupación presente en los personajes se manifiesta sin ningún motivo aparente y, en cierto sentido, por todo en general; son personas de una sensibilidad extraordinaria cuya vida se fundamenta en un desasosiego primordial a causa del cuestionamiento constante sobre las implicaciones de su ser con respecto al mundo en el que habita. El acercamiento idiosincrático que sigue Malick en su última película busca profundizar en esta visión existencial del personaje que habita en un plano ontológico construido sobre tres pilares concretos que suponen la base fundacional de su realidad: el éxito, el dinero y la felicidad inalcanzable. Podemos atender a esta relación desde cuatro perspectivas diferentes, correspondientes a los cuatro protagonistas sobre los que se construye el argumento y que, de algún modo, trazarán una línea de actuación gravitacional en torno a Faye, el personaje interpretado por Rooney Mara. Malick retoma —parcialmente— la innominación como forma de acentuación de los sentimientos. Pese a que los protagonistas sí se presentan con un nombre propio, éste funciona como simple recurso anecdótico, ya que no se utiliza como forma de interactuación, sino como mero etiquetado introductorio. El individuo no es tan importante como el conjunto que representa, los personajes son simples estandartes de una idea, por ello se mezclan actores interpretando a personajes ficticios, actores que dan vida a actores indeterminados o músicos interpretándose a sí mismos —o a una versión esencializada de sí mismos—.